¿Cuantas veces has oído alguna de las siguientes frases?
«Los tomates no saben a nada, ya no hay tomates cómo los de antes…»

Variedades locales o tradicionales de semillas

Apuesto a que no han sido pocas pero, ¿qué hay de cierto?, ¿por qué los tomates no saben como los que cultivaban nuestros abuelos?, son algunas de las cuestiones que nos ayudarán a aclarar el porqué de éste misterio.

En primer lugar debemos explicar a que se refiere eso de «variedades locales de semillas».

En horticultura llamamos así a aquellas que durante generaciones se han cultivado en un territorio concreto con unos cuidados específicos.

Dado su carácter local, nos encontramos con infinidad de variedades únicas, que presentan formas, aromas y sabores muy diferentes. Por ello es imprescindible destacar la importancia de este patrimonio, heredado del trabajo de agricultores que, históricamente han seleccionado y adaptado las simientes a las condiciones climáticas de cada comarca.Esta muestra de variabilidad genética tiene un valor incalculable, especialmente hoy en día donde los modelos de producción de alimentos han dado un giro en la relación de los campesinos con su herramienta básica de trabajo, las semillas. Actualmente la mayoría de métodos de cultivo responden a las exigencias del mercado, que prefiere productos estandarizados, donde prima el aspecto visual, las propiedades ligadas al transporte, la conservación etc.

Recientes estudios científicos apuntan a que dicho marco productivo provoca una erosión genética provocada por la falta de variabilidad, motivando la creación de bancos de germoplasma, cuyo objetivo principal es evitar la pérdida de esos materiales genéticos.

El depósito de Svalbard es el vértice de una red mundial para proteger los recursos fitogenéticos para la alimentación y la agricultura.

En nuestra mano está poder conservar -in situ- las distintas variedades a través de la conservación e intercambio de semillas, aprovechando el auge social y el acercamiento a nuevos métodos de cultivo como la agricultura ecológica o la horticultura urbana, donde las variedades tradicionales son siempre bienvenidas, podemos aportar nuestro granito de arena como ya hieron desde el principio de los tiempos nuestros ancestros.

De esta forma pondremos en valor el componente cultural de nuestros alimentos locales, que son la base de nuestra gastronomía, de nuestra forma de comer y en gran medida de lo que somos.

VER MÁS DEL AUTOR – PEPE VALLE